El conde León Tolstoi. Noticia biográfica y literaria (1893)

Nació el conde León Tolstoi, de noble y poderosa familia que ha dado a Rusia varios hombres ilustres en la milicia, en la diplomacia y en las bellas artes, en la tierra de Yasnaia-Poliana, en el departamento de Toula, el 28 de agosto de 1828. Después de hacer sus estudios en la universidad militar de Kazan, ingresó al ejército, sirvió como oficial de artillería en el Cáucaso, luego en Crimea, y tomó parte activa en la defensa de Sebastopol. Al firmarse la paz hizo un largo viaje por varios países de Europa, fijó su residencia en San Petersburgo y Moscú al regreso, casó en esta ciudad en 1860, y poco tiempo después se retiró a sus tierras, donde lleva hoy una vida humilde y sencilla, consagrada la mayor parte del tiempo a manuales y rústicos quehaceres.

No son las primeras ni las últimas novelas del insigne escritor ruso, cuya fama llena hoy el mundo, las más significativas para el que quiera formarse idea completa de su grandeza literaria. En sus primeros libros, desde Los Cosacos hasta Katia, puede notar el lector la evolución progresiva de las facultades creadoras, la conquista gradual de los procedimientos artísticos, la mayor intensidad en el análisis de las pasiones humanas; La guerra y la paz (publicada en Moscú en 1869), Ana Karenina (en 1874), marcan el momento supremo del desarrollo psíquico del escritor, reflejan como un gigantesco espejo el inmenso horizonte abierto en ese entonces ante sus ojos compasivos, clarividentes y sondeadores; los veinte o treinta volúmenes de dramas, novelas, narraciones, fábulas y filosofía publicados después muestran la evolución misteriosa y profunda verificada en ese espíritu, de día en día más desprendido del arte, de día en día más preocupado de ética y de religión y más acosado por la angustia de los problemas eternos, más compelido por el misticismo grave que se anida en el fondo oscuro del alma eslava a obtener porqués insolubles de la vida y de la muerte, y a traducir en fórmulas prácticas la aspiración eterna de la humanidad hacia el bien.

La guerra y la paz, obra formidable a que cuadra mal el nombre de novela; narración que abarca en el tiempo veinte años de la historia de Rusia, en las jerarquías de los personajes toda la escala que va desde Bonaparte y el Zar hasta los mendigos hambrientos, en la descripción de la humanidad y de la naturaleza todos los aspectos; desde las cunas donde los chicuelos agitan las manecitas sonrosadas y blandas hasta los lechos suntuosos donde agonizan los viejos cansados de la vida; desde los campos perfumados por la primavera y dorados por el sol naciente donde aroman las primeras violetas, hasta las estepas desoladas por la sombra nocturna y por el frío donde se pudren los cadáveres abandonados tras la batalla cruenta; desde las noches de luna en que las muchachas vestidas de blanco hablan de amor, asomadas a las ventanas, hasta las tardes trágicas en que las capitales abandonadas arden en el horizonte, es un inmenso panorama de la Rusia del pasado. Ana Karenina copia en cuadro menos amplio, pero en nada inferior al otro por la intensidad de la visión y por el poder de la transcripción literaria, más artístico si se quiere, en el sentido estrecho de la palabra, la sociedad rusa de hace veinte años. En uno y otro libro se ven ya las preocupaciones que determinaron en el espíritu del autor la producción de las obras posteriores, y que han sido después la guía de su vida. Pedro Besoukoff Nicolai Levine, el príncipe Andrés, son el autor, con todas sus dudas, sus angustiosas incertidumbres, su malestar doloroso al considerar los problemas eternos y sus utopías para encontrar la fórmula suprema.

Como un mágico aprisionado por ellos en el rombo que trazó a su alrededor para que no lo franquearan los fantasmas evocados, esos personajes lo cercaron y se encarnaron en él; un misterioso moujik le dijo un día que el secreto de la vida consistía en el desprendimiento de todo, en el olvido de las grandezas humanas, en el desprecio de la inteligencia, del amor, del arte, del lujo, de todo lo que puede ennoblecerla. De ahí una religión nueva, singular mezcla de moral evangélica extremada hasta un altruismo absurdo, hasta un comunismo disolvente y de desprecio por el progreso humano, llevado hasta el furor de los iconoclastas. De entonces para acá dejó de contar la humanidad como uno de los más grandes artistas que han existido, y un nuevo fanatismo tuvo un nuevo apóstol: la mano que describió a Natatcha y a Wronsky se empleó unas veces en ennegrecer páginas que hacen propaganda contra el tabaco y contra el vino y que relegan el amor al dominio de lo inmundo, y otras en manejar la hoz en los campos donde amarillean los trigales, y en clavetear zapatos para los chicuelos de la escuela de Yasnaia-Poliana.

¡Singular figura la del aristocrático escritor en quien el horror del mal hizo que cediera la inteligencia al sentimiento, y suprimió el poder de crear! Tal como lo pintan los que de cerca lo han visto, vestido con una blusa ordinaria, ceñida la cintura con una faja de cuero, membrudo y de elevada estatura, los largos cabellos blancos cayéndole sobre los hombros, la luenga barba sobre el pecho, los ojos hundidos y brillantes de místico ardor bajo las cejas espesas, la boca grave y todo él desgreñado y venerable, predicando su religión nueva a los campesinos incultos, evoca las figuras sombrías de los ermitaños de los primeros siglos que, retirados al desierto, anunciaban la verdad salvadora y predecían la caída de los imperios decadentes!

J.A.S., julio 25: 1893

  • Publicado como introducción al volumen dedicado a Tolstoi de la colección Biblioteca Popular. Colección de grandes escritores nacionales y extranjeros, Bogotá, Librería Nueva, 1899.